Diario de abordo: Egipto

30 septiembre 2005


EN EL TREN
De nuevo me he sorprendido en Egipto. En un Egipto idílico, remoto. Me he despertado ante un paisaje verdísimo, fresco, y millares de palmeras esbeltas y estiradas, presumidas de cabellos frondosos, aunque faltos de brillo –todavía demasiado cerca del polvoriento Cairo- con pendientes pesados, ostentosos, de perlitas ocres. Creo que nunca había visto palmeras así. Las de Nicaragua no son tan altas, ni esbeltas, y su cocos se agolpan tal que portuberancias de la copa.

Y casi sin percatarme de ello, en mi nuevo abrir de ojos, estaba en otro Egipto, pero en Egipto, que mis sueños me habían hecho escapar. Tranquilamente pero sin pausas, el Nilo verde y brillante, acompaña el tren en su adentrarse en el Egipto más profundo. No es hasta ahora –que ya hemos atravesado varios pueblos costeros – que me percato de que de hecho, no es así: El Nilo manso sigue su curso, la vida murmura a su alrededor mientras nosotros remontamos su curso, contrariando la dirección y ritmo de sus aguas. He visto mi primer camello y casi me da un vuelco el corazón de la alegría; la caravena de seis, ha sido entonces el colofón del paisaje.

Las ciudades que atravesamos, de adoquines de adobe y polvo, ebullen de vida solitaria: dos mujeres suben hasta lo alto de un piso un cubo con una cuerda, un hombre va y viene con un burrito minúsculo y gracioso (debe ser la raza del país por que los hay por todos lados, estoy segura que Platero debía ser así), una pareja trabaja la tierra negra, negra. Sólo en los “vados” de la vía se acumula gente, a la espera impaciente y resignada de que nosotros, imponentes y a lo alto, paseemos por sus caras el reucerdo de un pasado colonial De hecho, es más un presentimiento que algo confirmado.

Confirmado, el ferrocarrial, aquí como en tantos otros lugares disparesdel mundo data de finales del diecinueve y representa algo del rastro que dejaron los británicos.

El tren francés, aunque Nada insista en que el español está mejor, no tiene desperdicio. No conseguía imaginarmelo antes de estar aquí: sillones gigantes, reclinables y giratorios, tapizados con estampados florales de otra época, persianas de varillas, lavabo sucio y aire acondicionado. Todo tiene un aire decadente, pero funciona, sobretodo el aire acondicionado que me tiee los dedos del pie insensibilizados. La música ambiente de los móbiles, acorde con el ambiente, suena con melodías árabes. Por lo tanto no molesta como el pitido occidental convencional, aunque si que a media tonada se corte la canción. Para completar el cuadro el “azafato” del tren se pasea arriba y abajo ofreciendo te en vasos de vidrio y pastas dulces caseras en platitos del café.

Después de partir, Nada ha dicho que no me preocupase si me dormía porque todo era igual. ¡Pero no es así! No dejo de quedarme embobada con cada detalle que veo y el paisaje en general. Falta poco para llegar al Sohaag y pese al miedo que tienen mis padres de que la experiencia sea dura, o la impresión de Nada y Alessandra de que me resultará aburrido, yo tengo la impresión de que me va a encantar. Es como si ahora estubiese adentrándome en el verdadero Egipto; el Cairo tiene mucho de europeo. Acabamos de parar en Asiud, a una hora de nuestro destino. Me alegro de que Nada esté aquí. Seguramente hubiese sido una experiencia de choque tanto de crecimiento personal y enfrontamiento con el país. Pero vaya, tampoco hacía falta.

Quiero recordar que esta mañana al salir de casa para dirigirnos a la estación he presenciado la persecución de un gato tras un ratón pelón alargado. ¿Sería una mostela?


El Sohag

La tarde es de bajón. Por momento dudo que todo vaya a ser tan maravilloso como había intudio en el tren. El Sohaag es una ciudad fea y sucia, no un pequeño pueblo bucólico a orillas del Nilo. Para colmo, la casa esta llena de polvo hasta arriba, capas densas y guresas, de un polvo negro enganchoso que se barre con dificultad.

29 septiembre 2005

Hoy podría estar en cualquier de Europa. Me he dado cuenta cuando hemos bajado a la calle a comprar, finalmente a las 15h (ayer cambió la hora y ya tenemos la de España). Me he sorprendio de estar en El Cairo, en Egipto, tan lejos, teóricamente en un lugar tan diferente. Me he pasado la mañana durmiendo, pasando las fotos al ordenador, tomando un te y charlando con todos en italiano. Se me hace difícil aislada con tres italianos pensar que estoy en un lugar com Egipto. De hecho, esta reflexión me lleva a la de la noche anterior, rodeada de europeos y estadounidenses, incluso un egipcio, pero occidentalizado a la fin. Puedo llegar a entender la fascinación de todos ellos por el Cairo: su peculiaridad y exoticismo, pero sin renegar a los lujos y ventajas occidentales que brinda un poco de dinero en un país pobre como este.

Al atardecer me fascino ante la imagen onírica del Cairo ancestral, empapado del orientalismo de las mil y una noches. El perfil de la ciudaela recortado en la puesta de sol me fascina. Percibo el exotismo oriental que me faltaba por ver en un Cairo caótico, para comprender su encanto. Lástima que cuando llegamos a eso de las 18h. está ya cerrado. Así que ni ciudadela por dentro, ni “sufi dancing”.

Nos dirigimos al Khan al-Khalily, el mercadillo más turístico del Cairo, y lo quiero comprar todo. Por suerte me refreno y sólo me compro unos zapatos de cuero marrón bordados en colores. Es insoportable que los vendedores egipcios te llamen e insistan en venderte en español. Mucho más los piropos aprendidos de memoria; aunque suena gracioso, es molesto que un egipcio te diga “estás más buena que el pan”.

28 septiembre 2005

Primer encuentro a solas con la ciudad. No esperaba que fuese tan pronto. Y no ha sido tan grave. Suerte que ayer ya había estado allí con Doménico y que de buena mañana antes de abandonarme a mi suerte me ha encaminado. Voy a la embajada española. El policía es extremadamente amable y paternal. La funcionaria me transmite la sensación de que no le importa nada lo que me pueda pasar, a menos que vaya a estar un mínimo de seis meses en el país.

12:50. Oigo lejano (demasiado cercano para lo que realmente lejos puede que esté) una llamada a rezar desde, me imagino, un minarete. “In ufficio” (en la oficina), estoy como aislada del mundo. Se oye el tráfico, lejano. Casi no se oyen bocinas.

Después de cenar vamos a tomar algo al Orange, lugar con clase y estilo, donde conozco un grupito de europeos amigos de Nada y Doménico, entre los que destaca un estadounidense(su acento lo delata) de origen (sus padres) egipcio, Ashur, y un egipcio bastante europeizado, Mahmoud. Más tarde llegan otros tres egipcios conocidos de una de esas europeas, holandesa creo, pero que no forman parte del grupillo, se nota. Es el contacto con primera mujera árabe: Mona. Me encanta. Ríe mucho y tiene una relación bien curiosa con su profesor de aikido (primera cosa que me sorprende, que hayan clases de aikido en el Cairo, una arte marcial, y que una alumna participe, y más siendo el profesor un hombre). No paran de pelearse pero se tienen un cariño inmenso: me recuerda a la relación infantil de “los que se pelean se desean”. Ella me gusta porque tiene carácter, aunque intenta disimular con sus ataques de rabia y pucheros fingidos que él le gusta. El tercero es un chico que enseña salsa en el local donde se celebrará mañana la fiesta de despedida de Ashur. Este nos acompaña amablemente en coche hasta el CairoJazz Club pese a argumentar que es un mal lugar, que no le gusta porque allí venden alcohol y la gente va allí a emborracharse. Nosotros vamos sólo a bailar.

27 septiembre 2005

PRIMERAS IMPRESIONES EN EL AVIÓN:

El avión Roma-Cairo no tiene azafatas, sólo azafatos. Al principio me parece curioso, extraño, casual. Más tarde caigo en el posible motivo.

La comida, pese su sospechoso origen, se mantine que no contiene carne de cerdo a través de una targetita en varios idiomas. Primer contacto con el árabe, pero estoy demasiado preocupada por la llegada al aeropuerto y casi no le hago ni caso.

PRIMERAS IMPRESIONES

Caos circulatorio. Era de esperar. Aunque protegida dentro de un coche con alguién que conoces, no es tan impresionante. Te da una sensación de familiaridad que le quita encanto a la llegada, a la novedad, la curiosidad, la sorpresa. Sobretodo porque la falta de silencio no respeta ese momento de maravilla. Y Doménico, lo del silencio lo lleva muy mal.

Pero me alegro, mucho, cuando lo veo esperándome en el aeropuerto; después de sufrir por la carta de entrada y el visado (que se compra en un banco, que más tarde descubro no da un cambio nada favorable) salgo y no encuentro mi nombre en ningún papel: nadie me ha venido a buscar. Tengo apenas dos minutos antes de que salte a mi encuentro (ya llevaba una hora esperando) para reaccionar con sangre fría y quedarme como un pasmarote en la entrada convenciéndome de que no pasa nada y de que alguién llegará.
La primera impresión, de hecho apenas he puesto los pies en la calle, después de dejar las maletas en el piso (en el barrio de Zamalek, un islote en el medio del Nilo): el polvo se engancha en los pies, se innmiscuye molestamente entre la sandalia (de la India) y la planta (del pie). Ya desde el avión, la primera impresión de la ciudad, más que grande (que es gigante) ha sido la de polvorienta y terrosa. Pese a la imagen gris de las ciudades densamente pobladas, El Cairo es del color de la tierra; camuflado en el desierto, el terreno se eleva poligonalmente hacia el cielo, terroso también, densamente obstruido de nuves polvorientas.
A los cinco minutos de estar en la ciudad, ya estoy tomando un te y fumando shisha en un lugar auténtico. ¡Me parece imposible!

Caminando entre la idea preconcevida de caos circulatorio que había podido confirmar ya, me doy cuenta del estrés visual, pero sobretodo acústico que supone y que me ha supuesto todo el día. Las bocinas, altísimas, no dejan de sonar, estridentemente; las bicis, lo hacen desproporcionalmente a su tamaño, a su peligro (aunque lógicamente proporcional al peligro que los ciclistas corren). De hecho, casi atropellamos a uno de vuelta del restaurante donde cenamos.
Prosiguiendo con las impresiones del camino, hay imágenes que me gustaría recordar: el paseo en sí, al atardecer ocre y polvoriento; la figura a contraluz de una mujer completamente de negro, al igual que los ojos grandes, preciosos, de una joven, igualmente de injustamente vestida; la seguridad extrema del British Coucil, así como la escasez de recursos para arabófonos; el río Nilo, que podría decirse imponente, pero que no es más que un Río que atraviesa la ciudad; las paradas de autobús que no paran; los cruces insensatos e inevitables por medio de la carretera; miradas tan incómodas casi como la roña acumulada en los pies; minaretes, mezquitas y palacios que despuntan estridentes entre edificios desde modernos hasta clásicos cochambrosos.

Finalmente llegamos a un despacho inmobiliario con aire acondiconado a tope, al antiguo barrio de Doménico, Agouza, que no me impacta como debiera, pero es que la miseria y suciedad del Cairo tiene poco que envidiar a la de Nicaragua. Allí veo el primer teclado en árabe. Me emociono mucho. También conozco el primer árabe guapísimo.

Durante la cena me percato del estrés lingüístico que estoy sufriendo. Hacia demasiado que no hablaba italinao o inglés (en el Summer Camp ya me di cuenta que estaba oxidada) y he olvidado el poco inglés que sabía. Además soy incapaz de usarlo. Pero mis poco pinitos me animan para todo lo que está por venir.