
EN EL TREN
De nuevo me he sorprendido en Egipto. En un Egipto idílico, remoto. Me he despertado ante un paisaje verdísimo, fresco, y millares de palmeras esbeltas y estiradas, presumidas de cabellos frondosos, aunque faltos de brillo –todavía demasiado cerca del polvoriento Cairo- con pendientes pesados, ostentosos, de perlitas ocres. Creo que nunca había visto palmeras así. Las de Nicaragua no son tan altas, ni esbeltas, y su cocos se agolpan tal que portuberancias de la copa.
Y casi sin percatarme de ello, en mi nuevo abrir de ojos, estaba en otro Egipto, pero en Egipto, que mis sueños me habían hecho escapar. Tranquilamente pero sin pausas, el Nilo verde y brillante, acompaña el tren en su adentrarse en el Egipto más profundo. No es hasta ahora –que ya hemos atravesado varios pueblos costeros – que me percato de que de hecho, no es así: El Nilo manso sigue su curso, la vida murmura a su alrededor mientras nosotros remontamos su curso, contrariando la dirección y ritmo de sus aguas. He visto mi primer camello y casi me da un vuelco el corazón de la alegría; la caravena de seis, ha sido entonces el colofón del paisaje.
Las ciudades que atravesamos, de adoquines de adobe y polvo, ebullen de vida solitaria: dos mujeres suben hasta lo alto de un piso un cubo con una cuerda, un hombre va y viene con un burrito minúsculo y gracioso (debe ser la raza del país por que los hay por todos lados, estoy segura que Platero debía ser así), una pareja trabaja la tierra negra, negra. Sólo en los “vados” de la vía se acumula gente, a la espera impaciente y resignada de que nosotros, imponentes y a lo alto, paseemos por sus caras el reucerdo de un pasado colonial De hecho, es más un presentimiento que algo confirmado.
Confirmado, el ferrocarrial, aquí como en tantos otros lugares disparesdel mundo data de finales del diecinueve y representa algo del rastro que dejaron los británicos.
El tren francés, aunque Nada insista en que el español está mejor, no tiene desperdicio. No conseguía imaginarmelo antes de estar aquí: sillones gigantes, reclinables y giratorios, tapizados con estampados florales de otra época, persianas de varillas, lavabo sucio y aire acondicionado. Todo tiene un aire decadente, pero funciona, sobretodo el aire acondicionado que me tiee los dedos del pie insensibilizados. La música ambiente de los móbiles, acorde con el ambiente, suena con melodías árabes. Por lo tanto no molesta como el pitido occidental convencional, aunque si que a media tonada se corte la canción. Para completar el cuadro el “azafato” del tren se pasea arriba y abajo ofreciendo te en vasos de vidrio y pastas dulces caseras en platitos del café.
Después de partir, Nada ha dicho que no me preocupase si me dormía porque todo era igual. ¡Pero no es así! No dejo de quedarme embobada con cada detalle que veo y el paisaje en general. Falta poco para llegar al Sohaag y pese al miedo que tienen mis padres de que la experiencia sea dura, o la impresión de Nada y Alessandra de que me resultará aburrido, yo tengo la impresión de que me va a encantar. Es como si ahora estubiese adentrándome en el verdadero Egipto; el Cairo tiene mucho de europeo. Acabamos de parar en Asiud, a una hora de nuestro destino. Me alegro de que Nada esté aquí. Seguramente hubiese sido una experiencia de choque tanto de crecimiento personal y enfrontamiento con el país. Pero vaya, tampoco hacía falta.
Y casi sin percatarme de ello, en mi nuevo abrir de ojos, estaba en otro Egipto, pero en Egipto, que mis sueños me habían hecho escapar. Tranquilamente pero sin pausas, el Nilo verde y brillante, acompaña el tren en su adentrarse en el Egipto más profundo. No es hasta ahora –que ya hemos atravesado varios pueblos costeros – que me percato de que de hecho, no es así: El Nilo manso sigue su curso, la vida murmura a su alrededor mientras nosotros remontamos su curso, contrariando la dirección y ritmo de sus aguas. He visto mi primer camello y casi me da un vuelco el corazón de la alegría; la caravena de seis, ha sido entonces el colofón del paisaje.
Las ciudades que atravesamos, de adoquines de adobe y polvo, ebullen de vida solitaria: dos mujeres suben hasta lo alto de un piso un cubo con una cuerda, un hombre va y viene con un burrito minúsculo y gracioso (debe ser la raza del país por que los hay por todos lados, estoy segura que Platero debía ser así), una pareja trabaja la tierra negra, negra. Sólo en los “vados” de la vía se acumula gente, a la espera impaciente y resignada de que nosotros, imponentes y a lo alto, paseemos por sus caras el reucerdo de un pasado colonial De hecho, es más un presentimiento que algo confirmado.
Confirmado, el ferrocarrial, aquí como en tantos otros lugares disparesdel mundo data de finales del diecinueve y representa algo del rastro que dejaron los británicos.
El tren francés, aunque Nada insista en que el español está mejor, no tiene desperdicio. No conseguía imaginarmelo antes de estar aquí: sillones gigantes, reclinables y giratorios, tapizados con estampados florales de otra época, persianas de varillas, lavabo sucio y aire acondicionado. Todo tiene un aire decadente, pero funciona, sobretodo el aire acondicionado que me tiee los dedos del pie insensibilizados. La música ambiente de los móbiles, acorde con el ambiente, suena con melodías árabes. Por lo tanto no molesta como el pitido occidental convencional, aunque si que a media tonada se corte la canción. Para completar el cuadro el “azafato” del tren se pasea arriba y abajo ofreciendo te en vasos de vidrio y pastas dulces caseras en platitos del café.
Después de partir, Nada ha dicho que no me preocupase si me dormía porque todo era igual. ¡Pero no es así! No dejo de quedarme embobada con cada detalle que veo y el paisaje en general. Falta poco para llegar al Sohaag y pese al miedo que tienen mis padres de que la experiencia sea dura, o la impresión de Nada y Alessandra de que me resultará aburrido, yo tengo la impresión de que me va a encantar. Es como si ahora estubiese adentrándome en el verdadero Egipto; el Cairo tiene mucho de europeo. Acabamos de parar en Asiud, a una hora de nuestro destino. Me alegro de que Nada esté aquí. Seguramente hubiese sido una experiencia de choque tanto de crecimiento personal y enfrontamiento con el país. Pero vaya, tampoco hacía falta.
Quiero recordar que esta mañana al salir de casa para dirigirnos a la estación he presenciado la persecución de un gato tras un ratón pelón alargado. ¿Sería una mostela?
El Sohag
La tarde es de bajón. Por momento dudo que todo vaya a ser tan maravilloso como había intudio en el tren. El Sohaag es una ciudad fea y sucia, no un pequeño pueblo bucólico a orillas del Nilo. Para colmo, la casa esta llena de polvo hasta arriba, capas densas y guresas, de un polvo negro enganchoso que se barre con dificultad.



