Hoy podría estar en cualquier de Europa. Me he dado cuenta cuando hemos bajado a la calle a comprar, finalmente a las 15h (ayer cambió la hora y ya tenemos la de España). Me he sorprendio de estar en El Cairo, en Egipto, tan lejos, teóricamente en un lugar tan diferente. Me he pasado la mañana durmiendo, pasando las fotos al ordenador, tomando un te y charlando con todos en italiano. Se me hace difícil aislada con tres italianos pensar que estoy en un lugar com Egipto. De hecho, esta reflexión me lleva a la de la noche anterior, rodeada de europeos y estadounidenses, incluso un egipcio, pero occidentalizado a la fin. Puedo llegar a entender la fascinación de todos ellos por el Cairo: su peculiaridad y exoticismo, pero sin renegar a los lujos y ventajas occidentales que brinda un poco de dinero en un país pobre como este.

Al atardecer me fascino ante la imagen onírica del Cairo ancestral, empapado del orientalismo de las mil y una noches. El perfil de la ciudaela recortado en la puesta de sol me fascina. Percibo el exotismo oriental que me faltaba por ver en un Cairo caótico, para comprender su encanto. Lástima que cuando llegamos a eso de las 18h. está ya cerrado. Así que ni ciudadela por dentro, ni “sufi dancing”.
Nos dirigimos al Khan al-Khalily, el mercadillo más turístico del Cairo, y lo quiero comprar todo. Por suerte me refreno y sólo me compro unos zapatos de cuero marrón bordados en colores. Es insoportable que los vendedores egipcios te llamen e insistan en venderte en español. Mucho más los piropos aprendidos de memoria; aunque suena gracioso, es molesto que un egipcio te diga “estás más buena que el pan”.

Al atardecer me fascino ante la imagen onírica del Cairo ancestral, empapado del orientalismo de las mil y una noches. El perfil de la ciudaela recortado en la puesta de sol me fascina. Percibo el exotismo oriental que me faltaba por ver en un Cairo caótico, para comprender su encanto. Lástima que cuando llegamos a eso de las 18h. está ya cerrado. Así que ni ciudadela por dentro, ni “sufi dancing”.
Nos dirigimos al Khan al-Khalily, el mercadillo más turístico del Cairo, y lo quiero comprar todo. Por suerte me refreno y sólo me compro unos zapatos de cuero marrón bordados en colores. Es insoportable que los vendedores egipcios te llamen e insistan en venderte en español. Mucho más los piropos aprendidos de memoria; aunque suena gracioso, es molesto que un egipcio te diga “estás más buena que el pan”.

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