Diario de abordo: Egipto

27 septiembre 2005

PRIMERAS IMPRESIONES EN EL AVIÓN:

El avión Roma-Cairo no tiene azafatas, sólo azafatos. Al principio me parece curioso, extraño, casual. Más tarde caigo en el posible motivo.

La comida, pese su sospechoso origen, se mantine que no contiene carne de cerdo a través de una targetita en varios idiomas. Primer contacto con el árabe, pero estoy demasiado preocupada por la llegada al aeropuerto y casi no le hago ni caso.

PRIMERAS IMPRESIONES

Caos circulatorio. Era de esperar. Aunque protegida dentro de un coche con alguién que conoces, no es tan impresionante. Te da una sensación de familiaridad que le quita encanto a la llegada, a la novedad, la curiosidad, la sorpresa. Sobretodo porque la falta de silencio no respeta ese momento de maravilla. Y Doménico, lo del silencio lo lleva muy mal.

Pero me alegro, mucho, cuando lo veo esperándome en el aeropuerto; después de sufrir por la carta de entrada y el visado (que se compra en un banco, que más tarde descubro no da un cambio nada favorable) salgo y no encuentro mi nombre en ningún papel: nadie me ha venido a buscar. Tengo apenas dos minutos antes de que salte a mi encuentro (ya llevaba una hora esperando) para reaccionar con sangre fría y quedarme como un pasmarote en la entrada convenciéndome de que no pasa nada y de que alguién llegará.
La primera impresión, de hecho apenas he puesto los pies en la calle, después de dejar las maletas en el piso (en el barrio de Zamalek, un islote en el medio del Nilo): el polvo se engancha en los pies, se innmiscuye molestamente entre la sandalia (de la India) y la planta (del pie). Ya desde el avión, la primera impresión de la ciudad, más que grande (que es gigante) ha sido la de polvorienta y terrosa. Pese a la imagen gris de las ciudades densamente pobladas, El Cairo es del color de la tierra; camuflado en el desierto, el terreno se eleva poligonalmente hacia el cielo, terroso también, densamente obstruido de nuves polvorientas.
A los cinco minutos de estar en la ciudad, ya estoy tomando un te y fumando shisha en un lugar auténtico. ¡Me parece imposible!

Caminando entre la idea preconcevida de caos circulatorio que había podido confirmar ya, me doy cuenta del estrés visual, pero sobretodo acústico que supone y que me ha supuesto todo el día. Las bocinas, altísimas, no dejan de sonar, estridentemente; las bicis, lo hacen desproporcionalmente a su tamaño, a su peligro (aunque lógicamente proporcional al peligro que los ciclistas corren). De hecho, casi atropellamos a uno de vuelta del restaurante donde cenamos.
Prosiguiendo con las impresiones del camino, hay imágenes que me gustaría recordar: el paseo en sí, al atardecer ocre y polvoriento; la figura a contraluz de una mujer completamente de negro, al igual que los ojos grandes, preciosos, de una joven, igualmente de injustamente vestida; la seguridad extrema del British Coucil, así como la escasez de recursos para arabófonos; el río Nilo, que podría decirse imponente, pero que no es más que un Río que atraviesa la ciudad; las paradas de autobús que no paran; los cruces insensatos e inevitables por medio de la carretera; miradas tan incómodas casi como la roña acumulada en los pies; minaretes, mezquitas y palacios que despuntan estridentes entre edificios desde modernos hasta clásicos cochambrosos.

Finalmente llegamos a un despacho inmobiliario con aire acondiconado a tope, al antiguo barrio de Doménico, Agouza, que no me impacta como debiera, pero es que la miseria y suciedad del Cairo tiene poco que envidiar a la de Nicaragua. Allí veo el primer teclado en árabe. Me emociono mucho. También conozco el primer árabe guapísimo.

Durante la cena me percato del estrés lingüístico que estoy sufriendo. Hacia demasiado que no hablaba italinao o inglés (en el Summer Camp ya me di cuenta que estaba oxidada) y he olvidado el poco inglés que sabía. Además soy incapaz de usarlo. Pero mis poco pinitos me animan para todo lo que está por venir.