
Día de los enamorados. Desde ayer mi escalera no deja de recordárnolos. Nada y yo vivimos como dos reinas, con flores desde el pie de la escalera hasta la misma puerta de casa. De hecho, como subimos los dos pisos a pie, tenemos incluso que saltar un gran ramo de flores rosas y blancas que estratégicamente separa el último peldaño de la escalera de nuestro replano. Realmente el que las colocó estrategicamente no contaba con que alguién prefería subir a pie al ascensor (claro, ¡es que no somos egipcias!).
Podría presumir de los miles de admiradores egipcios, que además de su habitual empalago lingüístico e imagines extraempalagosas (aunque ciertamente agradecidas), se regalan con flores. De todas maneras sería demasiado. Todo el gozo en pozo: simplemente la floristería de justo delante de casa utiliza, la entrada de nuestro edificio para almacenar el estock excesivo de plantas o flores, según la época, por lo general se trata sólo de esta parte del inmueble. De hecho, durante navidades, justo cuando nos mudamos, era mágico pasar de los avetos que se apelotonaban en la acera de enfrente, para cruzar una selva hasta las rodillas de rojo de planta de navidad. Fue un desencanto volver de Barcelona para ver que todo había desaparecido. Y una gran sorpresa, descubrir las flores del amor ahora en febrero... pero esta vez llegando hasta el segundo piso... parece que el reclamo comercial de esta fecha es mayor que el navideño... o que los grandes ramos son más ostentosos que las humildes plantas rojas de navidad, que ocupan mucho menos. Parece ser que vamos a vivir muy de cerca los diferentes acontecimientos anuales que pueden ser de alguna manera celebrados con flores.
De todas maneras, mi día de San Valentín lo he pasado en coche (ni que hubiera un día de San Valentín digno de mención en mi vida... simplemente insisto porque aquí esta fecha si que es relevante –obviamente nada tradicional, sino vinculado a la cada vez más intrusiva cultura yankee-). Por primera vez he ido del Cairo al Sohag en coche... eterno. En primer lugar porque no me parecía bien dormirme cuando viajaba sola con el conductor... así que más de seis horas sin poder leer y luchando por no caerme dormida. Por suerte, lo que yo pensaba serían las horas más angustiosas en silencion por no poderme comunicar... y no fue así. Obviamente no fueron las conversaciones más profundas de mi vida... ¡pero hubo conversación! Y no quiero presumir de mi árabe, que sigue casi inexistente...hay que dar gracias al lenguaje internacional de los gestos.
El paisaje me sorprendió tanto... nada que ver con mi imagen bucólica de las verdes y frondosas orillas del Nilo, con Palmeras y lo que parecen, a mi inexperto enteder, arrozales. Nada del agua sucia que esconde el sol, en ascenso o descenso: agua que no es el Nilo, sino de uno de sus canales (tambié nuevo descubrimiento: ¿cómo no me había dado cuenta antes de que el Nilo es immenso, ancho, rico... no una corriente de agua que acompaña por un lado la carretera peligrosa y por otro la vía constante..?
De todas maneras, mi día de San Valentín lo he pasado en coche (ni que hubiera un día de San Valentín digno de mención en mi vida... simplemente insisto porque aquí esta fecha si que es relevante –obviamente nada tradicional, sino vinculado a la cada vez más intrusiva cultura yankee-). Por primera vez he ido del Cairo al Sohag en coche... eterno. En primer lugar porque no me parecía bien dormirme cuando viajaba sola con el conductor... así que más de seis horas sin poder leer y luchando por no caerme dormida. Por suerte, lo que yo pensaba serían las horas más angustiosas en silencion por no poderme comunicar... y no fue así. Obviamente no fueron las conversaciones más profundas de mi vida... ¡pero hubo conversación! Y no quiero presumir de mi árabe, que sigue casi inexistente...hay que dar gracias al lenguaje internacional de los gestos.
El paisaje me sorprendió tanto... nada que ver con mi imagen bucólica de las verdes y frondosas orillas del Nilo, con Palmeras y lo que parecen, a mi inexperto enteder, arrozales. Nada del agua sucia que esconde el sol, en ascenso o descenso: agua que no es el Nilo, sino de uno de sus canales (tambié nuevo descubrimiento: ¿cómo no me había dado cuenta antes de que el Nilo es immenso, ancho, rico... no una corriente de agua que acompaña por un lado la carretera peligrosa y por otro la vía constante..?
Con estas ideas de verdura y humedad, me sorprendió el desierto en su inmensidad: ante mi la carretera infinita, que se pierde en el horizonte, sin apenas coches. A lado y lado, la nada. Inerte, seco, tostado triste... eso es el desierto. Y apenas saliendo del Cairo, ¡llueve!! La primera lluvia que siento en el Cairo. Cuando volví de Navidades habían restos de lluvia en las aceras, encharcadas en cada socabón sin reparar. Pero, saliendo del tumulto caótico, en el principio del desierto, llueve. Cuatro gotas, ni dos minutos; pero llueve en Egipto.
Vamos dejando a nuestro paso, a nuestra izquierda, junto con el gran Nilo, Beni Suef, pero en Minia, nos adentramos en el torbellino urbano, para llegar al “murur”, locales de la policía de tráfico. Es entonces que me entero (y todo esto en árabe) que mi conductor, Heni, cristiano simpatiquísimo que trabaja en el proyecto casi desde sus inicios, viaja sin carnet de conducir... se lo requisaron los policías en su subida al Cairo, por exceso de velocidad... No lo culpo, esas carreteras soliarias, largas como un día en coche del Cairo al Sohag, rectas e impe
rturbables... Dejamos Minia atrás, habiendo perdido casi un ahora en el desvío necesario... y estamos conduciendo paralelos a la otra orilla del río, en el otro desierto. Asiut. Me impresiona pensar que poco más allá de la actividad frenética y vital que identificaba en las orillas del río en mis viajes mensuales como la normalidad, no es más que un espejismo, un lujo del agua sagrada... poco más allá del Nilo no hay nada. Y conducimos por el desierto. “¡Qué bello!”, exclama Heni.. “pues el que viene ahora es aún mejor”. ¿Otro desierto? Si. Y ciertamente sus congostos pasos entre paredes rocosas son espeluznantes; y esas dunas grises que reberberan bajo el sol... una belleza triste, casi sublime. Y acaba el desierto, enredadera de carreteras y puentes... estamos ya en el Governorato de Sohag. Aún tardamos más de media hora en llegar a la ciudad... Ya ha oscurecido cuando acabamos de recorrer los 535Km. que separan el Cairo del Sohag.


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