LUNES NEGRO EN DAHAB
Todavía estoy con retorcijones en la barriga y nada más llegar a la oficina esta mañana, como casi cada mañana, hay problemas que resolver… parace que las cosas nunca salen bien, que todo son dificultades… y todo se me hace una montaña. Aún y así, debería estar contenta y pensar que, ciertamente, soy muy afortunada y las cosas me salen muy bien, siempre. Estoy sentada en mi oficina del Cairo, delante del ordenador, afortunada entre muchos… ¿cuánta gente hoy no habrá podido regresar a su lugar de trabajo después de los cinco días de festiviad nacional en Egipto? ¿70? ¿una centena? ¿más? Los medios de comunicación no acaban de ponerse de acuerdo.
Un fin de semana largo: viernes y sábado, más un domingo de puente para enlazar un lunes de festividad pagana, Sham El-Nissim, celebración agrícola de orígen faraónico, y el martes 26 de abril, día de la liberación del Sinaí –momento en que Taba pasó de dominio israelí a ser de nuevo territorio egipcio, curiosamente el mismo año que nací yo, ahora hace veinticinco años.
Egipto es un país bellísimo, con miles de posibilidades para pasar unos días de fiesta. Después de un período de cierto estrés, mis amigos y yo optamos por la concurrida península del Sinaí, para disfrutar del sol y aguas del Mar Rojo. Ras Shatán, a 40 Km. de Nueiba fue el lugar escogido: cabañas de caña y palma delante de una playa de piedras y… poco que hacer. Idílico.
Pero demasiado tranquilo para mis amigos, habituados a la vida en el caótico Cairo (¡no para mi que paso medio mes en el Sohag!). Así que tras dos días de mar y sol, se optó por cambiar. Dahab, a sólo una hora en coche, era el lugar ideal. Todos habíamos estado ya allí las pasadas vacaciones, en Aid Kibir, celebración del sacrificio de Moisés; fue después de las navidades cristianas católicas. Razón de más para probar un sitio nuevo… pero las posibilidades que ofrece Dahab fueron demasiado tentadoras: se puede encontrar desde la tranquilidad de la playa de arena y agua turquesa hasta las más extremas comódidades y ventajas de la gran ciudad: posibilidad de marcha, conexión en internet, restaurantes con gran oferta –desde el típico “foul” egipcio hasta marisco riquísimo a la parrilla-, …
Así que para el domingo 24, estabamos en Dahab, como la mayoría de nuestros conocidos estranjeros –la comunidad italiana del Cairo, estaba casi al completo, por ejemplo-. De nuevo, sol y relax, poco más. Y yo, con una diarrea descomunal, como otros dos de mis compañeros de viaje. El 25 se amaneció tarde... no apetece madrugar cuando se está de vacaciones. El día que empieza tarde cunde poco... así que pudimos disfrutar como mucho de una hora del agua de la “Blue Lagoon”. De vuelta en el hotel, yo empezé de nuevo a notar los efectos del cansancio que produce no estar en plena forma, así que después de despedir a tres de mis amigos que se iban ya aquella misma tarde en coche, me fui a dormir. Quedábamos sólo otro amigo y yo. Los cinco hubiésemos cabido en el coche, pero las siete horas que normalmete separan el Cairo de Dahab hubiesen sido eternamente incómodas –debido al reducido espacio de los asientos traseros- y se hubiesen multiplicado, ya que tanto peso habría afectado a la poca potencia del coche viejo de nuestra ONG: Nada se negaba a conducir en esas condiciones (la “brava” Nada, que es ya capaz de conducir en el Cairo, “la ciudad sin ley... de tráfico”). Mi amigo egipcio, Mahmoud, y yo, consideramos tomar el autobús aquella misma tarde también, pero mi estado me invitaba más a no moverme que a pasar tantas horas encerrada en un autobús -sin poder si quiera ir al baño- y a esperar que amaneciese mejor, al menos como para un último baño antes de retornar al estrés.
Después de la siesta, que duró más de lo planeado, recuerdo que era incapaz de moverme con rapidez. Total, ya habíamos perdido la puesta de sol que era la única actividad prevista para aquel resto de día... ¿quizás bailar más tarde? Si estaba mejor. Ducha, crema para las quemaduras del sol del día anterior, vestirse...con tranquilidad. Finalmente salimos, sin rumbo fijo, solamente teníamos claro que yo necesitaba suero de la farmacia. ¿Después? Probablemente hacia el centro de Dahab, bajando por la calle empedrada peatonal repleta de bazares para acabar paseando por un tranquilo paseo marítimo salpicado de restaurantes coloridos y centros de buceo. La verdad es que ni lo habíamos hablado.
En la farmacia Mahmoud intentaba hacer entender que era lo que buscábamos, yo me concentraba en coger alguna de las palabaras de la conversación en árabe. De repente, un ruido sordo, no muy lejos, pero tampoco ensordecedor. Otro. Salimos a la calle a ver que pasa. Caminamos dirección del ruido. Aún un tercero. A medida que avanzamos se ve humo blanco que escapa de la callejuela peatonal. La gente está alborotada, alguién llora, otros corren.
Soy reticente a acercarme. “Is it gunfire?”, ¿disparos?, pregunto desconcertada; “No, don’t worry, it isn’t”. Y me fio de la experiencia militar de mi amigo. “A bomb?”, “No, it doesn’t smell of...” pólvora, él se refería a pólvora. No, la verdad es que no olía. Entonces, todavía no olía a nada. Aunque intentaba oler a plástico quemado que sugería él, no conseguía reconocer ningún olor. “It must be ectricity”. Ya cerca de la boca del callejón, oímos gritar a la gente “El-cahrab. El-cahrab”.. Tenía razón, sólo había sido un cortocircuito, poco de qué preocuparse...
Los coches (de todo tipo, micro-buses, pick-ups, taxis..) empezaron a acercarse a la entrada del callejón, y otros salían disparados. De repente, una furgoneta de carga, descubierta por detrás, se paró delante nuestro. Un hombre ensangrentado, estirado en la parte descubierta, levantaba la cabeza, descolocado, preguntándose porqué se habían parado y no corrían al hospital. Pronto, su acompañante que había saltado en busca de vete a saber qué, volvió para indicar al conductor que acelerara. A pocos metros seguía un coche veloz... pero tuve tiempo de reconocer a alguién que abrazaba la cabecita de un bebé de pocos meses, toda roja de sangre. Dos días después me enteraría que era un bebé alemán, y que no sobrevivió. Sus padres tampoco. Ellos yacían ya muertos en la calle cuando yo vi pasar a su bebé en el coche.
El callejón estaba destrozado... una joyería chamuscada, y el bazar de enfrente tenía la mayoría de sus productos ennegrcidos. Algunos todavía humeaban de llamas que estaban apagándose por sí solas. No parecía posible, tanta sangre... ¿por sólo eso? Qué traidora que es la electicidad... La gente ayudaba a levantar cuerpos y como podía los sacaban del callejón esperando que algún coche los recogiese. Una mujer de color, con velo y guantes esterilizados, se afanaba por ayudar a la gente en el suelo. Pisando con mis sandalias por encima de los cristales hechos añicos en el suelo, no podía reaccionar, me aparté. Sólo podía mirar, incapaz ni de tragar saliba, intentando esquivar a la gente que corría, para no molestar. Quería permanecer fría, sabía que no podía ayudar, que intentándolo entorpecería más el trabajo... Pense en sacar fotos... aquello momentos de pánico, desconcierto y a la vez colaboración eran únicos... nadie los vería jamás si yo no tomaba fotos... pero me pareció irrespetuoso. Entonces -recuerdo el olor a sangre- sentí náuseas, era insoportable. Apestaba a carne... carne humana. Era peor que el olor de las carnicerías en el Cairo... Había charcos de sangre, con zapatillas de plástico abandonadas en los extremos... recuerdo un pedazo de carne también... un canasto de flores secas estaba volcado sobre otro charco de sangre. Eran “Manos de María”, así me había dicho que se llamaban la tarde anterior Livia, una muchacha italiana que pasaba estos días de vacaciones con un amiga ique trabaja para la cooperación italiana. Horas más tarde sabría que ella había estado allí, muy cerca, atrapada entre dos de las bombas y que la poca potencia de éstas la había salvado. Aún no sabíamos que habían sido bombas. No recuerdo cuando empezamos a ser conscientes de ello, supongo que cuando los rumores crecieron hasta hacer esa posibilidad la única posible. El supermercado El-Gazel... tenía todo su aparador destrozado... era la única tienda que podía reconocer... me vino a la mente aquella tarde de hacía cuatro meses cuando compramos allí las linternas para hacer nuestro ascenso nocturno al monte Sinaí, donde a Moisés se le revelaron los Diez Mandamientos... y me vino a la mente hacía dos tardes, cuando paseamos por aquella callejuela, parándonos en algunos de los bazares que ahora no lograba reconocer.... ahora los propietarios de los bazares desesperadamente recogían sus pertenencias y cerraban la paradita, no huían sin antes proteger lo que les quedaba, poco o poco útil si se consideraba el futuro que espera a Dahab después de esto.
Desanimados, sin hablar, sin entender... fuimos empujados hacia nuestro hotel por hombres robustos y autoritarios que nos hacían recular, alejándonos de la zona. A la entrada de nuestro hotel, sentados en la alta acera, viendo el ir y venir de los coches, ahora ya había hasta ambulancias... creo que fue entonces que empezamos a entender que había sido un atentado, habían sido bombas. Creo que fue entonces la primera vez que tragué saliva desde que oí las explosiones. Miré hacia la farmacia, estaba cerrada. Mahmoud fumaba y tenía la mirada perdida. Yo, debía parecer un fantasma. De repente todos corrían hacia el otro extremo de Dahab... un hotel también había sido atacado... de nuevo caos general... todo resultó ser una falsa alarma... si más no, hasta el momento no se a confirmado que realmente un hotel lejano al centro fuese atacado.
Ahora sé que lo que yo vi no era nada. Sólo el resultado de la tercera bomba. Aún más allá habían expotado otras dos, causando muchos más muertos y heridos. Ahora sé que un amigo italiano y su familia estaban simpemente un negocio más allá de donde explotase la primera, librándose -gracias a la poca onda expansiva- de cualquier daño. Hoy he sabido también, que alguién que trabaja conmigo debía estar paseando esa tarde por allí; que una decisión de último momento me permitía estar hablando con en lugar de visitarlo en el hospital o el cementerio, como pasó a la familía de sus amigos con la que debía haberse encontrado.
Y entonces, en aquella acera, no conseguía ni ordernar dos palabras. Pensaba que sería difícil conciliar el sueño... pero lo que no sabía es que aún me quedaba mucho por ver. Un micro-bus frenó en seco delante de la puerta de nuestro hotel. “Buscan gente para donar sangre” me tradujo Mahmoud “me voy”. No lo entendía. A la segunda, él parecía desistir y quedarse en tierra, por mi incapacidad de reacción. Entonces, no se porqué, lo agarré del brazo y salté con él al vehículo. Al menos algo útil podríamos hacer.
El hospital de Dahab a tres minutos del centro, era otro pequeño caos. Gente saliendo, entrando, empujando, con batas y sin batas, sobretodo sin ni si quiera guantes, el suelo bañado en sangre... y esa olor a carnicería tan profunda. Entre empujones y camillas mal trasportadas con cuerpos ennegrecidos, entre agujas que despuntaba listas para ser inyectadas, preguntamos por la donación de sangre. Había que ir a Sharm El-Sheik: aquella rudimentaria clínica no daba para más. Un estrangero, de rasgos orientales, buscaba desesperadamaente a sus amigos: “nos hemos separado un momento porque no querían esperar, y de repente... habeís visto a alguién estranjero en camillas?” Mahmoud se fue a preguntar. Yo me quedé abrazándolo. El pobrecillo no podía ni reaccionar. “No, todos los heridos un poco graves están siendo llevaos a Sarm”, nos notificó Mahmoud. Salimos como pudimos, de nuevo esquivando el caos de curiosos, desepserados y perdidos, de doctores e infermeras egipcios de uniforme y los estranjeros en ropas veraniegas que habían dejado atrás su papel de turista ocioso para echar una mano en aquél descontrol. No sé si salimos del hospital convencidos que íbamos a Sharm o que no valía la pena ir tan lejos... ¿Cómo ibamos a volver, la ciudad estaba sitiada? Fuese como fuese reconocimos a la mujer con velo y guantes que antes estaba en la callejuela ayudando. Estaba jadeando, sentada en la hierba a la entrada del hospital. Mahmoud la había conocido hacía tres años en Santa Caterina. Nos acercamos para ver si necesitaba algo. Tenía asma y se estaba intentando recuperar después del intenso esfuerzo de intentar socorrorer. Estaba débil, le dimos agua y nos quedamos con ella, que necesitaba apoyarse, necesitaba hablar. Mientras esperábamos a su reacción, los coches no dejaban de llegar e irse. Unos bultos cubiertos en mantas se alineaban en la entrada. Por ellos ya no había nada que hacer. Había por lo menos un docena. De repente, entre quemados y ensangrentados, pasó un hombre corriendo, con una rejilla de madera entre las manos –de las que usan para trasportar el pan ácimo- con un atillo de ropa ennegrecida encima. “Eso es un cuerpo, lo que queda de él” respondió a mi asombro sin que yo llegara a preguntar la voz que estaba a mi lado. La Doctora Jasmín, así se llamaba la valiete mujer, parecía encontrarse mejor. De hecho sólo parecía, porque recuerdo haber estado allí sentada a su lado una eternidad, escuchando sus interesantes críticas al sistema médico egipcio (ella era estadounidense, aunque renegada), teorías sobre maneras como podían haberse puesto las bombas, donde exactamente se habían puesto, sobre la llamada de dios y sus advertencias... realmente fue un placer encontrar una persona de tal integridad y energía en esos momentos, alguién que además, valoró mi sangre fría (¿cuál?) y me sugirió que me plantease dedicarme a la medicina... Si me hubiese visto antes...
Y nuestra noche acabó tarde. Volviendo al hotel a pie desde el hospital, haciendo de muletas a la Doctora Jasmín, que apenas se tenía en pie: a sus casi sesenta años, que no aparentaban más de la cuarentena, un ataque de asma se hace notar. La red bloqueada y desesperando por contactar a aquellos que sabíamos estaban por allí cerca y por hacer saber a aquellos que sabían que estabamos allí, que estábamos bien.
Sí, estabamos bien. La mañana siguiente, tras apenas dos horas de sueño incómodo, volvíamos a esperar, sentados en el bordillo alto, a la entrada del hotel; esta vez, el micro-bus que nos llevaría al Cairo. La ciudad fantasma no se desperezaba. Sólo periodistas pasaban corriendo con sus cámaras hacia el lugar de los hechos. Los habitantes de Dahab estaban sumidos en la tristeza por lo pasadao y en la desesperación por el futuro. Las víctimas de este atentado terrorista no son sólo las que ya no están o las que luchan todavía en el hospital. Dahab y todo el país en general, lo sufrirá.
Ahora recuerdo, apenas faltaban meses para que viniese a vivir a Egipto, tuvieron lugar los atentados en Sharm El-Sheikh. Tenía miedo pese a estar tan lejos. Me asustaba el país desconocido al que tenía que viajar y del que no sabía qué podía esperar. Hoy, habiendo estado tan cerca del desastre, no tengo miedo. Estoy tranquila. Indignada y confusa, pero no tengo miedo.