Diario de abordo: Egipto

08 junio 2006

Hoy me he percatado de algo bastante básico: el sistema de créditos y préstamos es “haram” en el islam (está totalmente prohibido). De ahí una de las razones por tanta enemistad con los judíos que por siglos se enriquecían de “las debilidades de los necesitados”, mientras ellos no lo podían hacer (y digo una, porque en estos momentos creo que la situación en Palestina pese mucho más, o en el caso de Egipto, las recientes guerras disputandose el Sinaí contra Israel). Eso me lleva a preguntarme como es la situación en la religión cristiana respeto a los préstamos. No creo recordar que haya ninguna especificación al respeto, aunque por muchos siglos la usura también estuvo mal vista y eran los judíos los únicos en practicarla. De todas maneras recuerdo un comentario de mi madre sobre la nueva versión del “Padre Nuestro” que yo tuve que aprender, diferente a la que aprendiera ella: “De ‘perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deurdores’ en la versión más reciente –la que yo aprendí- se ha pasado a ‘perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’...”. Eso me hace pensar como los cristianos, por si las moscas, prefirieron curarse en salud al respecto...

El tema ha suscitado hoy cierto malestar. Estamos gestionando un proyecto de micro-credito, como uno de los servicios que ofrece la ONG, desde hace tres años. El grupo al que se dirige mayoritariamente son mujeres cabezas de família de renta baja. Por ese motivo, las condiciones de los préstamos son realmente buenas (intereses del 12% anual), bajas comparativamente con los bancos –obviamente-, pero incluso con respecto a otras oragnizaciones internacionales sin ánimo de lucro. El problema que ello conlleva es que ese mínimo interés es tan mínimo que no permite que el proyecto se sotenga por sí mismo, es decir que se lleguen a cubrir si quiera los gastos de implementación del proyecto (salarios, papeles y fotocopias, la gasolina para el coche que transporta los supervisores del programa o aquellos que entregan el dinero, etc.). Hace tiempo que se piensa y se intenta diseñar un programa que empiece a dirigirse hacia la sostenibilidad del programa de microcredito. Se ha considerado necesario ampliar el número de clientes (o beneficiarios –según la óptica o terminología-) y por otro lado, empezar a cubrir ciertos gasto con esos intereses –todos ellos ahorrados hasta el momento-, y MAIS seguiría apoyando en los gastos que el programa de microcredito no pudiera sufragar. Este planteamiento, que por otro lado todo el mundo conocía de antemano y que tiene en mente desde hace tiempo, porqué desde hace mucho que se lleva hablando (antes de que yo entrara en el proyecto incluso), hoy al comunicar la intención, ha suscitado indignación...entre algunos miembros de a ONG, tanto musulmanes como crisitanos. “¿Cómo, recibir nuestros salarios de los intereses?... eso no está bien” .

La verdad es que quiero intentar ser comprensiva, y no me gustaría que nadie dejara el proyecto por debates morales... Ahora mismo estoy en proceso de análisis de las contradicciones en esa actitud reticente y opiniones religiosamente convencidas totalmente divergentes. La teoría en que se basa el rechazo moral del préstamo es la de no aprovechar los problemas y debilidades del otro para el enriquecimiento personal. Esa es una de las razones por la que el proyecto, desde un inicio no se plantea como una obra de acción social de solucionar los problemas de los más necesitados, sinó de mejorar sus condiciones de vida a través de ofrecerles la posibilidad de iniciar un proyecto económico. Nunca se ofrece únicamente un préstamo para cubrir necesidades, Naglaa (musulmana convencida) me comentaba que en ese caso, se intenta derivar a la persona necesitada hacia quien pueda ayudarla de una forma más “moral”, pero nunca con un préstamo. Así, que desde un inicio, el mismo planteamento del microcredito ya rehuye el principio que niega moralmente esta práctica, y a ello le podemos sumar que, obviamente, el interés que se pide a la persona, no sólo es mínimo, sinó que además no tiene ánimo de enriquecimiento, sinó permitir la simple prosecución natural del mismo proyecto para que pueda seguir beneficiando a otras personas.

El primer comentario de rechazo ha venido principalmente de una cristiana –por lo tanto se mezclan conceptos más culturales que religiosos, si no peco de ignorante sobre la religión cristiana ortodoxa (rama a la que pertenecen los coptos). Luego, de alguién que lleva trabajando en el proyecto de microcredito (por lo tanto ofreciendo los créditos) desde el principio. Esto último me hace dudar en que, si relamente es tan negativo lo de hacer préstamos, ¿no lo es en la misma medida ofrecerlo y facilitarlo como vivir de él? ¿Y qué decir de sus salarios acutales, que provienen de un programa de reconversión de la deuda que Egipto contrayó tiempo há y que aún está repagando, por lo tanto, en cierta manera involucrando conceptos varios de préstamos e intereses? He aquí nuevos dilemas morales... y nuevos conocimiento sobre esta cultura que me rodea, de la que no puedo generalizar ya que no se ponen ni si quiera deacuerdo entre ellos (vaya, como en España, no hace falta venir tan lejos para encontrar opiniones divergentes).

07 junio 2006

Todo el mundo se lamenta de que hace calor, pero que especialmente en el sur de Egipto, que el Sohag es uno de los lugares más cálidos (obviamente Aswán lo es más, cuanto más al sur, más calor). Y sí, calor hace, no lo voy a negar; pero hay que reconocer que los espacios para detectarla son pocos: las oficinas tienen todas aire acondicionado, en casa funcionan los ventiladores, en el tren te congelas... en los taxis, por eso, te tuestas (es uno de los sitios donde le calor se hace más palpable). De todas maneras, no he notado para nada los extremos de los que sehablan, aunque haya sido afortunada –pese a la opinión contraria de los que me rodean- porqué en ninguna de las oficinas en las que trabajo funciona bien el aire acondicionado (en el Cairo, para nada, y en el Sohag, el aire sale poco frío debido a las altas temperaturas del aire exterior). Y digo afortunada porqué no puedo soportar el aire frío y artiricial del aire acondicionado que me reseca la garganta y me costipa... soporto mucho mejor la calor. De hehco la soporto tanto que me parecía imposible cuando hoy en el Sohag me han comentado que debíamos estar a más de cuarenta grados –lo que ya me parecía increible porqué aunque soy fatal en las percepciones numéricas, cuarenta suena a mucho-. Así que cuando me han comentado que probablemente podíamos estar a cincuenta sin saberlo, ya ni me lo creía. Lo gracioso de la frase es el “sin saberlo”. Resulta que oficialmente pocas veces se llega a esa temperatura, aunque los sohaguianos bien saben lo que es sufrir esa cantidad de grados sobre su piel. Y no se llega a ella, porqué el gobierno, evita aceptar que es así porqué ¡está legalemente establecido que nadie puede ir a trabajar con esas temperaturas! Bromean en Sohag, con total tranquilidad e impasibilidad, que si el govierno publicase la temperatura oficial en Said (el sur de Egipto) tendrían al menos tres meses de vacaciones pagadas.

08 mayo 2006

UN CAMELLO EN SOHAG

Lo que son las cosas, volviendo de comprar queso para el almuerzo de media mañana en la oficina, de repente veo lo que aún me faltaba por ver en el Sohag: por la calle más transitada, una de las principales, Shara Gomhoreia –donde está mi oficina, en la sede de la contraparte egipcia-, a dos metros de la casa horrible del governador del Sohag y uno de las únicas joyas arquitectónicas de la ciudad, a mi parecer, -un palacio antiguo de una de las familias más poderosas de la ciudad-, paseándose tranquilamente... un camellero ¡!!seguido de su camello!!! Aquí hace falta enfatizar que lo que aquí vulgarmente se entiende por camello, no es otro que un dromedario... vaya, si no todos los camellos egipcios han perdido una joroba. En el Cairo me había abituado, en las afueras, a ver un camello de tanto en tanto; y en Sohag me he habituado a la normalidad con que condividen el asfalto, coches, transeúntes y burritos tirando de carros... pero en el centro aún no había visto camellos.

Hoy no se me ha ocurrido otra cosa que ponerme unos zapatos verdes que compré en Khan El-Khalili con calcetines verdes también. Han sido el hazmereir de toda la oficina todo el día, hasta que a la hora ya casi de irnos me han aconsejado provar sin calcetines (no eran los primeros, mi hermana ya lo había hecho en su momento). Aunque muy mejorada la cosa, han confesado que el verde era demasiado para unos zapatos y que ciertamente, como Domenico Antonello me recomendara en su día, era mejor no llevar mis coloridas combinaciones en ese país puesto que eran demasiado extremas. He confesado como estoy intentando hacerlo lo mejor que puedo –reprimir mis instintos-; la carcajada ha sido general... si realmente lo estoy intentando... no quieren ni verme en mi estado natural.

Como no, finalmente las clases de español empiezan a fallar. Hace dos días, después de casi un mes sin ellas, no habían hecho los deberes y mucho menos repasado. Hoy una alumna ha fallado y hemos optado por posponr la clase hasta poder ser los cuatro estudiantes habituales. En cambio he iniciado con una de las “alumnas”, la experta del sector de alfabetización del proyecto, clases precisamente de ese tema. Utilizando el libro que utilizan las mujeres analfabetas en los pueblos me he summergido así en el sistema de alfabetización egipcio. Realmente interesante. Lástima que este harta de empezar siempre con el árabe... ¡a ver si avanzo ya de una vez!

He bajado a comprar agua embotellada –bien de primera necesidad en este país para una estranjerita como yo-. He visto la parada de sandías y me he acordado que hace días que quería escribir sobre ello. Es un carro lleno de sandías, ya sin burro, anclado en la esquina de la calle que lleva a mi casa. Y lleva allí desde que llegue al Sohag... y hoy he comprendido que no se va a mover hasta que se acaben las sandías. No sé donde deben dormir sus dos vendedores, claramente “falajín[1]” de algún pueblo de las cercanías, por su tez curtida y galibeias roídas, con el turbante blanco y el chal por los hombros. Pero la parada, ahora a las 22h estaba completamente sola... y a salvo de hurtos. Cada noche hay las mismas sandías que cuando me levanto la noche anterior (bueno, no las he contado, pero se nota que nadie ha osado tocarlas). Así de confiados y honestos: cuando compré la mía no me quisieron cobrar el cuarto de guinea que me faltaba para la 3,25 libras porque no tenía billetes más pequeños de una libra... así que una sandía de tres kilos y pico por menos de medio euro... Y esta tarde cuando volvían de trabajar, estaban tranquilamente espanzurrados sobre unas manas, mientras esperan pacientemente al siguiente cliente que les acercará al día en que se puedan volver a su pueblo.

En cambio en el supermercado, el marketing de occidente ya ha hecho mella en esta zona del mundo. En mi tienda habitual, de cristianos apacibles y agradables –no afecta mucho el si son cristianso o no, más que para el día que optan para cerrar, pero a estas alturas ya me he contaminado y me veo haciendo especificaciones como ellos -, me esperaba una novedad: ¡una promoción! Un hombre con una mesita portátil ofrecía trozos de pan bimbo con un mejunge dulce para untar –sucedáneo de la crema de cacahuetes-. Sin estilo y sin mucho ojo muy comercial, te untaba la rebanada allí mismo, con una cuchara y te cortaba tanto trozo como le parecía, arbitrariamente (por ejemplo a mi me ha ofrecido los tres tercios de pan que había conseguido untar con la cucharada que había llenado). Además la oferta incluhía un sobrecito de ensalada tahína para listo para añadir el agua y comer. Interesante.

Creo que tengo a todos los hombres de la calle revolucionados... cuando me ven cargar con la caja de cartón llena de botellas de litro y medio de agua... Pero es que por principio no necesito que nadie me lo lleve hasta casa, y después de la última experiencia... no hoy que el chico me la había traido porque no se atrevío a gritar mi nombre por el balcón (es que no tengo interfono) y a las tantas tuve que volver a bajar a la tienda a ver que pasaba... y de nuevo, estar pendiente del balcón, porque, aunque no hubiese trabajo, el hombre no venía conmigo directamente, no... demasiado complicado. Creo que prefiero cargar la caja.

[1] Campesinos, gente de pueblo.

04 mayo 2006

La escorta policial es necesaria para los estranjeros que se quieren mover por el sur de Egipto, sobretodo en la zona de Sohag, donde los turistas son bichos raros.

Un trayecto que podria durar media hora, para visitar el templo de Abi-Douz, debido a los escortas y los relevos tardamos el doble.

Valio la pena porque el templo de Abi-Douz, un gran desconocido, pese a su abandono es sumamente interesante y conserva mucho material artistico importante. No se como no puede estar entre las visitas obligatorias en Egipto. Si solo invirtiesen un poco en su restauracion... Supongo que el principal motivo es que el la region de Sohag, pese a estar en el centro-sur de Egipto, se considera "la region mas lejana de Egipto"!!! Lo que son los medios de transporte...

03 mayo 2006

REGRESO A SOHAG

Llego a la estación de Sohag a las 5.30 am. Casi sucede lo que siempre más temo de este viaje nocturno: pasarme de parada. ¿Se puede saber como me las arrglaría para llegar a Sohag desde Qena, o peor, algún pueblecillo más pequeño, a esas horas intempestivas de la madrugada? De todas maneras creo que ahora lo conseguiría sufriendo menos de lo que lo hubiese hecho al inicio. Hace meses la idea me espaventaba tanto que no hubiese llegado nunca al punto que llegué esta vez: de estar dormida hasta justo el momento en que el tren paró en la estación, y grácias a mi instinto casi mágico, con el tiempo justo de abrir los ojos y preguntar: “Fi Sohag?”, “aiwa”, “Sohag hina, delwati?”... y volar por organizarme todos los bultos y bajar al andén.

Heni, el conductor de la ONG no me esperaba hasta las 6. ¿Qué hago? ¿Lo llamo o me arriesgo a pasar sola media hora, escrutada con atención -sin duda alguna- en esa oscura estación, llena de hombres? Bueno, le envio un mensaje y si lo lee... pues bien, si no, espero.

Decido hacerlo en la entrada principal. Mala opción. Se paran dos furgones de la policía delante. Un funcionario me indica que mejor me aparte, que ese no es lugar para esperar. Lo hago, me pongo a esperar en el primer andén. Desde allí observo como decenas de policías de kaki van bajando y formando desordenadamente en el hall central donde antes esperaba yo. En el centro acaban apareciendo con monos azules unos seis hombres esposados, que miran al suelo. Eso no me gusta nada. Llamo a Heni nerviosa. Está en camino.

De nuevo me indican que ese no es el mejor sitio para esperar, me muevo hacia un lado, lejos de esa situación surrealista... ¿van a trasportar a los presos más peligrosos de Sohag en tren? Deben serlo, como mínimo semi-peligrosos... ¡hay más de cuarenta policías y sólo hay seis presos! Heni todavía tarda un poco. Tengo tiempo de ver como llega el tren. No hay ningún vagón vacío... ¿pero dónde los van a poner? ¿con los demás pasajeros? Me alegro tanto de no estar en ese tren... la policía egipcia no me inspira mucha confianza, no su eficiencia... Sólo hace falta verlos formar, sin rigor, despistados, intentando seguir las indicaciones sin mucho éxito. Sé que hay pocos números de que pase algo, de que se intenten fugar o que alguién organice una masacre para rescatarlos... aún y así me alegro cuando Heni aparece para sacarme de la estación. Me alegro muho de haberlo hecho venir, en lugar de haberme hecho la valiente y coger un taxi, como las primeras veces, cuando me sabía mal hacerlo venir a esas horas, sin saber que esa tarea formaba parte de su contrato.

Sohag parece que no ha cambiado, pese al mes que he pasado fuera. Simplemente, de vuelta a casa hacia las 3 y media, después del trabajo, la calle está desierta. Nunca lo había estado a esas horas. Deduzco que es el calor. Es intenso y el sol pica... pero mucho me temo que aún puede ser peor, y que lo va a ser. Puedo preveer lo mal que me lo va a hacer pasar el calor de Said.

Eso me recuerda que no puedo llevar camiseta de manga corta. Por mucho que insista Mai que en como soy “cristiana”, entonces puedo; en primer lugar, como estrangera es mejor ir cubierta para pasar desapercibida (un poco al menos); en segundo lugar, no puedo llevar esas camisetas a menos que me depile los brazos, cosa que de momento no tengo intención de hacer (aunque tampoco la tenía para las cejas...). Mis brazos en camiseta corta aquí, serían tan horrendos para ellos –que consideran la depilación como parte de la higiéne básica- como horrendas serían mis piernas sin depilar con minifalda en Barcelona.

Eso me recuerda una conversa con una amiga que sale con un chico egipcio. Si inocentemente tu pareja te insinua (y es egipcio) que te quiere hacer una pregunta seria y esa es “¿Prefieres que me afeite?”, no te rías en su cara por lo que él pueda considerar serio. Porque entonces, cuando tu respondas, “tranquilo, estás muy sexy con barba”, entonces será él el que se tronche de risa. He aquí un buen ejemplo de mal entendido intercultural. Obviamente, si él es tu pareja con el que haces algo más que besaros... no se estará refiriendo precisamente al afeitado tradicional que conocemos mayormente en España, el de la cara. Curiosamente no he conseguido encontrar opiniones concordantes por lo que respeta a los hombres, pero –obviamente- clarísimo en las hembras, la depilación completa (y completa no se anda con chiquitas) es obligatoria desde la noche de bodas en adelante. De nuevo, vinculado a la higiene, la depilación es obligatoria para aquella (y según las versiones, también aquel) que mantiene relaciones sexuales.

Mañana es el cumpleaños de Hosni Mubarak, el sempieterno presidente de esta bendita república de Egipto. ¿Cuántos cumple? Es difícil de adivinar con tanta cirugía plástica, pero cuanto te enteras de que ya son 78, es inevitable la recurrente pregunta: ¿por qué los políticos no tienen edad de jubilación, como cualquier funcionario o hijo de vecino?

27 abril 2006

DAHAB MEMORIES

I still have cramps in my belly and as soon as I got to the office this morning, as nearly every morning, there are problems to solve… it seems as if things never come up right, that everything is a hindrance… and everything seems too much for me right now. Nevertheless, I should be happy and think that I am very lucky, that things always come up the right way for me. I am sitting in my office in Cairo, in front of the computer, lucky among many… how many people will not have been able to go back to their workplace today after the five days of Egyptian national holiday? 70? A hundred? The means of communication do not yet agree.

A long weekend: Friday and Saturday, together with a bridging Sunday to link the normal weekend to a Monday of pagan holiday, Sham El-Nissim, agricultural celebration of pharaonic origin, and Tuesday 26th of April, Sinai Liberation Day –moment in which Taba became Egyptian again, back from Israeli rule, curiously enough, the same year I was born, twenty-five years from now -.

Egypt is an amazingly beautiful country, with thousands of options on where to spend some holidays. After a period of some stress, my friends and I decided for the busy Sinai peninsula to enjoy the sun and waters of the Red Sea. Ras Shatan, 40 Km. from Nweiba, was the place chosen: huts made of cane and palm-tree leaves facing a stony beach and… nothing to do. Idyllic.

However, too quite for my friends, so much used to chaotic life in Cairo (not for me that I spend half of the month in Sohag!). So, after two days of sea and sun, we opted for a change. Dahab, only one hour away by car, was the perfect place. All of us had already been there the previous holidays, for Aid Kibir, celebration of Moses sacrifice; it took place after the Christian Catholic Christmas. Reason enough to try a new place… but the options available in Dahab were too tempting. There everything can be found; from the quietness of the sandy beach with turquoise waters to the greatest comforts and advantages of the big city: party, internet connection, restaurants with a wide offer –from the typical Egyptian “foul” to very savoury grilled seafood-,…

So by Sunday 24th we were already in Dahab, as most of our foreign colleagues – the Italian community in Cairo was almost fully there, for example -. Again, sun and relax, not much more. And me, with a horrible diarrhoea, alike two other of my trip mates. On the 25th we woke up late… it does not feel like waking up too early when you are on holidays. Not much profit can be made out of a day that starts late… so we could only enjoy water one hour at the most, in the “Blue Lagoon”. Back in the hotel, I started feeling the effects of the tiredness produced by the sickness. Thus, after saying goodbye to three of my friends who were leaving that same afternoon by car, I went to sleep. Only other friend and I were left. The five of us could have fitted in the car. However, the seven hours between Cairo and Dahab would have been eternally uncomfortable –due to the little space in the back seats- and they would have been multiplied because so much weight would have affected the little power of our NGO’s old car. Nada refused to drive in those conditions (the “brava” Nada who is able to drive in Cairo, “the lawless city… as far as traffic is concerned”). My Egyptian friend, Mahmoud, and I considered also taking the bus that same afternoon, but my health situation invited to little movement and to avoid so many hours closed in a bus –prevented from going to the toilet at free will-. Moreover we still hoped I would feel better the next morning, so at least we would be able to have a last swim before going back to stress.

After the nap, which took longer than expected, I remember I was unable to move fast. Anyway, we had just missed the sunset, which was the only activity planned for the rest of the day… maybe going to dance later? If I felt better. Shower, after sun lotion for the burns of the day before, get dressed… slowly. Finally we got out, without a fixed route, we only had in mind that I needed minerals from the pharmacy. Afterwards? Probably towards downtown, heading down the paved little street full of bazaars, to end up walking along the calm promenade sprinkled with colourful restaurants and diving centres. Actually, we had not even talked about the subject.

In the pharmacy, Mahmoud is trying to make understand the attendant what we were looking for while I concentrate in trying to catch some of the conversation in Arabic. All of a sudden, a dull sound, not very far, but not deafening. Another one. We go out to the street, to see what’s going on. We walk towards the sound. Still a third one. As we move forwards white smoke can be seen escaping the pedestrian little street. People re agitated, someone is crying, others are running.

I am reluctant to go near. “Is it gunfire?” I ask puzzled; “No, don’t worry, it isn’t. And I trust the military experience of my friend. “A bomb?”, “No, it doesn’t smell of…” gunpowder, he meant gunpowder. No, in fact it did not smell. Then, it still smelt of nothing. Although I tried to recognise the smell of burnt plastic that he was suggesting, I could not recognise any smell at all. “It must have been electricity”. Already very close to the entrance of the alley, we hear people shouting “El-cahrab. El-cahrab”… He was right, it had only been a short-cut, not much to worry about…

The vehicles (of any kind: micro-buses, jeeps, taxis…) started to come near to the entrance of the alley, and others speeded away. Suddenly, a pick-up van open at its back, stopped right in front of us. A man covered in blood, lying on his belly on the open back, was lifting his head, bewildered, wondering why the car had stopped and they were not rushing towards the hospital. Soon his companion, who had jumped out searching for who knows what, jumped back into the car and told the driver to speed up. Few meters behind a fast car was following… but I had enough time to recognise somebody cuddling the head of a little baby, not many months old, all red in blood. Two days later I would find out that it was a German baby, and that it did not make it. Neither did its parents. They laid already dead in the street when I saw their baby rushing by me in the car.

The alley was destroyed… a jewellery shop all scorched, and the bazaar in front had most of its products blackened. Some still had smoke coming out of little flames that were extinguishing by themselves. It did not seem possible so much blood… only because of that? Never trust electricity… People were helping to pick up bodies and they took them out of the alley in any possible way, waiting for a car to take them. A black woman, with veil and sterilised gloves, devoted herself to help people on the floor. I stepped with my sandals slowly over the small fragments of glass on the floor. I could no react, so I stood back. I was only able to look, unable even of getting down my saliva. I was trying to avoid running people bumping into me, so not to bother. I wanted to keep cold; I knew I could not help, that by trying to do it I would slow up the work… I even thought of taking pictures… those moments of panic, confusion and at the same time cooperation, were unique… nobody would ever see them if I did not take pictures… but I considered it disrespectful. Then –I remember the smell of blood- I felt nauseous, it was unbearable. It stank of flesh… human flesh. It was worse than the smell of the butcher’s in Cairo… There were puddles of blood, with plastic flip-flops left in the border… I remember a piece of flesh there too… a basket with dry flowers had been knocked over another puddle of blood. The flowers were called “hands of Mary”, that is what Livia had told me the evening before, an Italian girl who was spending those days with a friend that is working for the Italian Cooperation. Some hours later I would find out that she had been there, very close, trapped between two of the bombs and that their low power was what had saved her. We did not know yet it had been bombs. I can not recall when we started to be aware of that. I imagine it was only when the rumours grew so big so they became the only possibility. The supermarket El-Gazel had all its shop windows blown up… it was the only shop I could recognise… a memory came to my mind, of four months ago, when we bought there the torches to do our night climb up the mount Sinai, where Moses was revealed the Ten Commandments… and it came to my mind the memory of two previous evenings, when we were walking down that little street, stopping in some of the bazaars that now I could not to recognise… Now the owners of the bazaars, desperately, were gathering together all their belongings and were closing down the shops; they did not escape without protecting before what was left, little or of little use if the future of Dahab after that moment was taken into consideration.

We were downhearted, unable to speaking, unable to understand… in that miserable sate we were pushed towards our hotel by sturdy and authoritative men that were making us recoil, rendering us far from the zone. In the entrance of our hotel, sitting down in the high sidewalk, we were watching cars go back and forth, now there were even ambulances… I think it was then when we started to understand that it had been a terrorist attack, it had been bombs. I think it was then the first time that I got down my saliva since I heard the explosions. I looked towards the pharmacy, it was closed. Mahmoud was smoking and had a lost look in his eyes. I must have looked like a ghost. Suddenly, everybody ran towards the other end of Dahab… a hotel there had also been attacked… again general chaos…. Fortunately, it had all been a false alarm… at least up to now it has not been confirmed that actually a hotel far away from the centre was attacked.

Now I know that what I had seen was nothing. It was only the impact of the third bomb. Farther away, two more bombs had exploded, causing many more dead and injured. Now I know that an Italian friend and his family were jut a shop further away from the first bomb. He escaped any harm thanks to the little expansive wave. Today I have also found out that somebody working with me should have been walking around there that afternoon; a last moment decision allowed me to be speaking to him instead of having to visit him in the hospital or the cemetery, as it happened to his friends, a whole family, who he should have met with.

And then, on that sidewalk, I could not even mutter two words together. I thought it would be difficult for me to fall asleep… but what I did not know is that I still had a lot to see. A micro-bus stopped abruptly in front of the door of our hotel. “They are looking for people for blood donation”, translated Mahmoud for me, “I’m going”. I could not understand him. At the second trial, he seemed to give up and stay there by me, because of my incapacity to react. Then, I do not know why, I grabbed his arm and jumped into the vehicle. At least something useful we could do.

Dahab hospital, three minutes away from the centre, was another tiny chaos. People coming out, going in, pushing, with white coats or without, especially without even gloves, the floor covered in blood… and that such a deep smell of butcher’s. Between pushing and stretchers wrongly transported with blackened bodies, between needles sprouting ready to be injected, we asked about the blood donation. We had to go to Sharm El-Sheikh: that humble clinic was not able of that much. A foreigner, with oriental features, was desperately looking for his friends: “We were not together just for a second because they did not want to wait, and suddenly… have you seen any foreigner in the stretchers?” Mahmoud went to ask. I stayed hugging him. Poor guy could not even move. “No, all people injured a bit seriously have been taken to Sharm”, informed Mahmoud. We managed to leave the hospital, again trying to avoid the chaos of people, just curious or desperate or lost, Egyptian doctors and nurses in uniform and the foreign doctors in summer clothes, who have left behind their role of the idle tourist to give a hand in that situation out of control. I do not know if we left the hospital convinced that we were heading to Sharm or that it was not worth it going so far… How were we meant to come back, the city was sieged? Nevertheless, we recognised a woman with veil and gloves who previously was helping in the alley. She was panting, sat on the grass in the entrance of the hospital. Mahmoud had met her three years before in Saint Catherine monastery. We came close to her to see if she needed anything. She suffered from asthma and was trying to get back her breath after the huge effort of trying to help. She felt weak, we gave her some water and stayed with her, who needed to lain on somebody, needed to talk. While we were waiting for her reanimation, cars kept on coming and going. Some bundles of blankets were lined up in the entrance. There was nothing to be done for them now. There were at least a dozen. Suddenly, among burnt people and those covered in blood, a man came rushing, with a wooden grill between his hands –the one used to keep bread when coming out of the oven- with a kneading of blackened clothes on top. “That is a body, what is left of it”, answered to my wonder the voice by my side, without me even formulating the question. Doctor Jasmin, that was the brave woman’s name, seemed to feel better. In fact, it only seemed because I remember being there by her side for an eternity, listening to her interesting criticisms to the Egyptian health system (she was from the U.S.A, although renegade), theories about the ways in which the bombs may have been placed, where exactly they had exploded, about the call of God and its warnings… it was really a pleasure find a person of such an integrity and energy in such moments, somebody who also valued my cold blood (which one?) and who suggested me to devote to medicine… Only had she just seen me moments before…

And our night in Dahab finished late. We came back form the hotel on foot from the hospital, acting as crutches for Doctor Jasmin, who could hardly stand: nearly sixty years old, not looking older than in her forties, an asthma attack pays its toll. The network was blocked and we got into despair trying to contact those we knew were around and to let people know that those of us who we there, we were fine.

Yes, we were fine. The next morning, after hardly two hours of uneasy sleep, we waited again, on the high sidewalk, in the entrance of the hotel; this time, for the micro-bus that would take us to Cairo. The ghost city did not wake up. Only journalists came rushing with their cameras towards the place where everything had happened. The inhabitants of Dahab were immerse in sadness for what had happened and in despair for the future. The victims of that terrorist attack were not only those who no longer existed or those who are still fighting for live in hospital. Dahab and all the country will suffer its consequences.

Now I remember, only some months before I came to Egypt there were terrorist attacks in Sharm El-Sheikh. I was afraid despite the distance. I was afraid of an unknown country where I had to travel to and out of which I knew not what to expect. Today, having been so close to the disaster, I am not afraid. I feel at ease. I feel indignation and confusion, but not fear.

26 abril 2006


LUNES NEGRO EN DAHAB


Todavía estoy con retorcijones en la barriga y nada más llegar a la oficina esta mañana, como casi cada mañana, hay problemas que resolver… parace que las cosas nunca salen bien, que todo son dificultades… y todo se me hace una montaña. Aún y así, debería estar contenta y pensar que, ciertamente, soy muy afortunada y las cosas me salen muy bien, siempre. Estoy sentada en mi oficina del Cairo, delante del ordenador, afortunada entre muchos… ¿cuánta gente hoy no habrá podido regresar a su lugar de trabajo después de los cinco días de festiviad nacional en Egipto? ¿70? ¿una centena? ¿más? Los medios de comunicación no acaban de ponerse de acuerdo.

Un fin de semana largo: viernes y sábado, más un domingo de puente para enlazar un lunes de festividad pagana, Sham El-Nissim, celebración agrícola de orígen faraónico, y el martes 26 de abril, día de la liberación del Sinaí –momento en que Taba pasó de dominio israelí a ser de nuevo territorio egipcio, curiosamente el mismo año que nací yo, ahora hace veinticinco años.

Egipto es un país bellísimo, con miles de posibilidades para pasar unos días de fiesta. Después de un período de cierto estrés, mis amigos y yo optamos por la concurrida península del Sinaí, para disfrutar del sol y aguas del Mar Rojo. Ras Shatán, a 40 Km. de Nueiba fue el lugar escogido: cabañas de caña y palma delante de una playa de piedras y… poco que hacer. Idílico.

Pero demasiado tranquilo para mis amigos, habituados a la vida en el caótico Cairo (¡no para mi que paso medio mes en el Sohag!). Así que tras dos días de mar y sol, se optó por cambiar. Dahab, a sólo una hora en coche, era el lugar ideal. Todos habíamos estado ya allí las pasadas vacaciones, en Aid Kibir, celebración del sacrificio de Moisés; fue después de las navidades cristianas católicas. Razón de más para probar un sitio nuevo… pero las posibilidades que ofrece Dahab fueron demasiado tentadoras: se puede encontrar desde la tranquilidad de la playa de arena y agua turquesa hasta las más extremas comódidades y ventajas de la gran ciudad: posibilidad de marcha, conexión en internet, restaurantes con gran oferta –desde el típico “foul” egipcio hasta marisco riquísimo a la parrilla-, …

Así que para el domingo 24, estabamos en Dahab, como la mayoría de nuestros conocidos estranjeros –la comunidad italiana del Cairo, estaba casi al completo, por ejemplo-. De nuevo, sol y relax, poco más. Y yo, con una diarrea descomunal, como otros dos de mis compañeros de viaje. El 25 se amaneció tarde... no apetece madrugar cuando se está de vacaciones. El día que empieza tarde cunde poco... así que pudimos disfrutar como mucho de una hora del agua de la “Blue Lagoon”. De vuelta en el hotel, yo empezé de nuevo a notar los efectos del cansancio que produce no estar en plena forma, así que después de despedir a tres de mis amigos que se iban ya aquella misma tarde en coche, me fui a dormir. Quedábamos sólo otro amigo y yo. Los cinco hubiésemos cabido en el coche, pero las siete horas que normalmete separan el Cairo de Dahab hubiesen sido eternamente incómodas –debido al reducido espacio de los asientos traseros- y se hubiesen multiplicado, ya que tanto peso habría afectado a la poca potencia del coche viejo de nuestra ONG: Nada se negaba a conducir en esas condiciones (la “brava” Nada, que es ya capaz de conducir en el Cairo, “la ciudad sin ley... de tráfico”). Mi amigo egipcio, Mahmoud, y yo, consideramos tomar el autobús aquella misma tarde también, pero mi estado me invitaba más a no moverme que a pasar tantas horas encerrada en un autobús -sin poder si quiera ir al baño- y a esperar que amaneciese mejor, al menos como para un último baño antes de retornar al estrés.

Después de la siesta, que duró más de lo planeado, recuerdo que era incapaz de moverme con rapidez. Total, ya habíamos perdido la puesta de sol que era la única actividad prevista para aquel resto de día... ¿quizás bailar más tarde? Si estaba mejor. Ducha, crema para las quemaduras del sol del día anterior, vestirse...con tranquilidad. Finalmente salimos, sin rumbo fijo, solamente teníamos claro que yo necesitaba suero de la farmacia. ¿Después? Probablemente hacia el centro de Dahab, bajando por la calle empedrada peatonal repleta de bazares para acabar paseando por un tranquilo paseo marítimo salpicado de restaurantes coloridos y centros de buceo. La verdad es que ni lo habíamos hablado.

En la farmacia Mahmoud intentaba hacer entender que era lo que buscábamos, yo me concentraba en coger alguna de las palabaras de la conversación en árabe. De repente, un ruido sordo, no muy lejos, pero tampoco ensordecedor. Otro. Salimos a la calle a ver que pasa. Caminamos dirección del ruido. Aún un tercero. A medida que avanzamos se ve humo blanco que escapa de la callejuela peatonal. La gente está alborotada, alguién llora, otros corren.

Soy reticente a acercarme. “Is it gunfire?”, ¿disparos?, pregunto desconcertada; “No, don’t worry, it isn’t”. Y me fio de la experiencia militar de mi amigo. “A bomb?”, “No, it doesn’t smell of...” pólvora, él se refería a pólvora. No, la verdad es que no olía. Entonces, todavía no olía a nada. Aunque intentaba oler a plástico quemado que sugería él, no conseguía reconocer ningún olor. “It must be ectricity”. Ya cerca de la boca del callejón, oímos gritar a la gente “El-cahrab. El-cahrab”.. Tenía razón, sólo había sido un cortocircuito, poco de qué preocuparse...

Los coches (de todo tipo, micro-buses, pick-ups, taxis..) empezaron a acercarse a la entrada del callejón, y otros salían disparados. De repente, una furgoneta de carga, descubierta por detrás, se paró delante nuestro. Un hombre ensangrentado, estirado en la parte descubierta, levantaba la cabeza, descolocado, preguntándose porqué se habían parado y no corrían al hospital. Pronto, su acompañante que había saltado en busca de vete a saber qué, volvió para indicar al conductor que acelerara. A pocos metros seguía un coche veloz... pero tuve tiempo de reconocer a alguién que abrazaba la cabecita de un bebé de pocos meses, toda roja de sangre. Dos días después me enteraría que era un bebé alemán, y que no sobrevivió. Sus padres tampoco. Ellos yacían ya muertos en la calle cuando yo vi pasar a su bebé en el coche.

El callejón estaba destrozado... una joyería chamuscada, y el bazar de enfrente tenía la mayoría de sus productos ennegrcidos. Algunos todavía humeaban de llamas que estaban apagándose por sí solas. No parecía posible, tanta sangre... ¿por sólo eso? Qué traidora que es la electicidad... La gente ayudaba a levantar cuerpos y como podía los sacaban del callejón esperando que algún coche los recogiese. Una mujer de color, con velo y guantes esterilizados, se afanaba por ayudar a la gente en el suelo. Pisando con mis sandalias por encima de los cristales hechos añicos en el suelo, no podía reaccionar, me aparté. Sólo podía mirar, incapaz ni de tragar saliba, intentando esquivar a la gente que corría, para no molestar. Quería permanecer fría, sabía que no podía ayudar, que intentándolo entorpecería más el trabajo... Pense en sacar fotos... aquello momentos de pánico, desconcierto y a la vez colaboración eran únicos... nadie los vería jamás si yo no tomaba fotos... pero me pareció irrespetuoso. Entonces -recuerdo el olor a sangre- sentí náuseas, era insoportable. Apestaba a carne... carne humana. Era peor que el olor de las carnicerías en el Cairo... Había charcos de sangre, con zapatillas de plástico abandonadas en los extremos... recuerdo un pedazo de carne también... un canasto de flores secas estaba volcado sobre otro charco de sangre. Eran “Manos de María”, así me había dicho que se llamaban la tarde anterior Livia, una muchacha italiana que pasaba estos días de vacaciones con un amiga ique trabaja para la cooperación italiana. Horas más tarde sabría que ella había estado allí, muy cerca, atrapada entre dos de las bombas y que la poca potencia de éstas la había salvado. Aún no sabíamos que habían sido bombas. No recuerdo cuando empezamos a ser conscientes de ello, supongo que cuando los rumores crecieron hasta hacer esa posibilidad la única posible. El supermercado El-Gazel... tenía todo su aparador destrozado... era la única tienda que podía reconocer... me vino a la mente aquella tarde de hacía cuatro meses cuando compramos allí las linternas para hacer nuestro ascenso nocturno al monte Sinaí, donde a Moisés se le revelaron los Diez Mandamientos... y me vino a la mente hacía dos tardes, cuando paseamos por aquella callejuela, parándonos en algunos de los bazares que ahora no lograba reconocer.... ahora los propietarios de los bazares desesperadamente recogían sus pertenencias y cerraban la paradita, no huían sin antes proteger lo que les quedaba, poco o poco útil si se consideraba el futuro que espera a Dahab después de esto.

Desanimados, sin hablar, sin entender... fuimos empujados hacia nuestro hotel por hombres robustos y autoritarios que nos hacían recular, alejándonos de la zona. A la entrada de nuestro hotel, sentados en la alta acera, viendo el ir y venir de los coches, ahora ya había hasta ambulancias... creo que fue entonces que empezamos a entender que había sido un atentado, habían sido bombas. Creo que fue entonces la primera vez que tragué saliva desde que oí las explosiones. Miré hacia la farmacia, estaba cerrada. Mahmoud fumaba y tenía la mirada perdida. Yo, debía parecer un fantasma. De repente todos corrían hacia el otro extremo de Dahab... un hotel también había sido atacado... de nuevo caos general... todo resultó ser una falsa alarma... si más no, hasta el momento no se a confirmado que realmente un hotel lejano al centro fuese atacado.

Ahora sé que lo que yo vi no era nada. Sólo el resultado de la tercera bomba. Aún más allá habían expotado otras dos, causando muchos más muertos y heridos. Ahora sé que un amigo italiano y su familia estaban simpemente un negocio más allá de donde explotase la primera, librándose -gracias a la poca onda expansiva- de cualquier daño. Hoy he sabido también, que alguién que trabaja conmigo debía estar paseando esa tarde por allí; que una decisión de último momento me permitía estar hablando con en lugar de visitarlo en el hospital o el cementerio, como pasó a la familía de sus amigos con la que debía haberse encontrado.

Y entonces, en aquella acera, no conseguía ni ordernar dos palabras. Pensaba que sería difícil conciliar el sueño... pero lo que no sabía es que aún me quedaba mucho por ver. Un micro-bus frenó en seco delante de la puerta de nuestro hotel. “Buscan gente para donar sangre” me tradujo Mahmoud “me voy”. No lo entendía. A la segunda, él parecía desistir y quedarse en tierra, por mi incapacidad de reacción. Entonces, no se porqué, lo agarré del brazo y salté con él al vehículo. Al menos algo útil podríamos hacer.

El hospital de Dahab a tres minutos del centro, era otro pequeño caos. Gente saliendo, entrando, empujando, con batas y sin batas, sobretodo sin ni si quiera guantes, el suelo bañado en sangre... y esa olor a carnicería tan profunda. Entre empujones y camillas mal trasportadas con cuerpos ennegrecidos, entre agujas que despuntaba listas para ser inyectadas, preguntamos por la donación de sangre. Había que ir a Sharm El-Sheik: aquella rudimentaria clínica no daba para más. Un estrangero, de rasgos orientales, buscaba desesperadamaente a sus amigos: “nos hemos separado un momento porque no querían esperar, y de repente... habeís visto a alguién estranjero en camillas?” Mahmoud se fue a preguntar. Yo me quedé abrazándolo. El pobrecillo no podía ni reaccionar. “No, todos los heridos un poco graves están siendo llevaos a Sarm”, nos notificó Mahmoud. Salimos como pudimos, de nuevo esquivando el caos de curiosos, desepserados y perdidos, de doctores e infermeras egipcios de uniforme y los estranjeros en ropas veraniegas que habían dejado atrás su papel de turista ocioso para echar una mano en aquél descontrol. No sé si salimos del hospital convencidos que íbamos a Sharm o que no valía la pena ir tan lejos... ¿Cómo ibamos a volver, la ciudad estaba sitiada? Fuese como fuese reconocimos a la mujer con velo y guantes que antes estaba en la callejuela ayudando. Estaba jadeando, sentada en la hierba a la entrada del hospital. Mahmoud la había conocido hacía tres años en Santa Caterina. Nos acercamos para ver si necesitaba algo. Tenía asma y se estaba intentando recuperar después del intenso esfuerzo de intentar socorrorer. Estaba débil, le dimos agua y nos quedamos con ella, que necesitaba apoyarse, necesitaba hablar. Mientras esperábamos a su reacción, los coches no dejaban de llegar e irse. Unos bultos cubiertos en mantas se alineaban en la entrada. Por ellos ya no había nada que hacer. Había por lo menos un docena. De repente, entre quemados y ensangrentados, pasó un hombre corriendo, con una rejilla de madera entre las manos –de las que usan para trasportar el pan ácimo- con un atillo de ropa ennegrecida encima. “Eso es un cuerpo, lo que queda de él” respondió a mi asombro sin que yo llegara a preguntar la voz que estaba a mi lado. La Doctora Jasmín, así se llamaba la valiete mujer, parecía encontrarse mejor. De hecho sólo parecía, porque recuerdo haber estado allí sentada a su lado una eternidad, escuchando sus interesantes críticas al sistema médico egipcio (ella era estadounidense, aunque renegada), teorías sobre maneras como podían haberse puesto las bombas, donde exactamente se habían puesto, sobre la llamada de dios y sus advertencias... realmente fue un placer encontrar una persona de tal integridad y energía en esos momentos, alguién que además, valoró mi sangre fría (¿cuál?) y me sugirió que me plantease dedicarme a la medicina... Si me hubiese visto antes...

Y nuestra noche acabó tarde. Volviendo al hotel a pie desde el hospital, haciendo de muletas a la Doctora Jasmín, que apenas se tenía en pie: a sus casi sesenta años, que no aparentaban más de la cuarentena, un ataque de asma se hace notar. La red bloqueada y desesperando por contactar a aquellos que sabíamos estaban por allí cerca y por hacer saber a aquellos que sabían que estabamos allí, que estábamos bien.

Sí, estabamos bien. La mañana siguiente, tras apenas dos horas de sueño incómodo, volvíamos a esperar, sentados en el bordillo alto, a la entrada del hotel; esta vez, el micro-bus que nos llevaría al Cairo. La ciudad fantasma no se desperezaba. Sólo periodistas pasaban corriendo con sus cámaras hacia el lugar de los hechos. Los habitantes de Dahab estaban sumidos en la tristeza por lo pasadao y en la desesperación por el futuro. Las víctimas de este atentado terrorista no son sólo las que ya no están o las que luchan todavía en el hospital. Dahab y todo el país en general, lo sufrirá.

Ahora recuerdo, apenas faltaban meses para que viniese a vivir a Egipto, tuvieron lugar los atentados en Sharm El-Sheikh. Tenía miedo pese a estar tan lejos. Me asustaba el país desconocido al que tenía que viajar y del que no sabía qué podía esperar. Hoy, habiendo estado tan cerca del desastre, no tengo miedo. Estoy tranquila. Indignada y confusa, pero no tengo miedo.

01 abril 2006

He llegado a casa, tarde y hambrienta, lista para cocinar algo rápido. Para mi no-sorpresa, han vuelto a cortar el agua. Afortunadamente tengo un grifo que gotea, y para no desperdiciar el agua, pongo el balde debajo que, al volver del trabajo, está lleno (si no hay corte de agua, porque entonces, hasta rebosa –aunque cae en la pica y no hay problema-). Y digo afortunadamente porqué con ese agua he podido lavarme las manos, con un cacito, y lavar un tomate (que ha acabado en vinagre de todas maneras, para matar los parásitos). El día que no cortan el agua –normalmente el mediodía- el agua no se malgasta, porqué siempre necesito tener el balde lleno para “tirar la cadena”, que no funciona. A ello podemos añadir que desde que llegué (¡medio año ya!) creo haberme duchado por el sistema tradicional sólo dos veces, debido a la poca presión del agua (es decir, con el agua cayendo desde arriba, desde la alcachofa, no lateralmente –lo que me obliga a ducharme de cuclillas- desde el tubo que se utiliza para lavarse las partes más íntimas después de utilizar el servicio). Supongo que todo ello proporciona una idea poco acertada de lo que es Sohag, al fin y al cabo una ciudad, con todas sus ventajas y comodidades; ciertamente es una ciudad, avanzada para lo que puede ser la imagen de esta zona de Egipto, pero no deja de estar en medio del SAID de Egipto, este sur pobre y retrasado en muchos aspectos. Estas pequeñas incomodidades de mi vida en el Sohag, son relativamente nimias si pienso en cómo viven otras muchas personas en esta misma ciudad, por no hablar de las que viven en los pueblos circundantes.

25 marzo 2006

Vuelvo a estar en Sohag, después de viajar toda la noche, llegar aquí a las cinco de la madrugada, dormir un poco y trabajar todo el día, estoy muerta. Sobretodo porque mi compañero de viaje me dio bastante palique no dejandome dormir todo lo que hubiese querido. Shirif, un policía secreta (aunque no mucho porque lo primero que le vi al sentarse a mi lado fue la pistola. Cabe mencionar que ya es la segunda pistola real que veo tan de cerca desde que estoy en Egipto. Ahmed Raafat, nuestro “financial manager” ¡lleva una en el coche! Nos la enseñó el mes pasado cuando vino a visitar el proyecto; comentó que viajando al SAID –sur de Egipto-, nunca se sabía... ¡y yo vivo allí!). Pues Shirif era la primera vez que iba a trabajar a SAID: a Bilnana, a media hora de mi parada, para trabajar en el turístico templo de Abi Douz. Estaba para nada contento y bastante enfadado: no encontraba justo que le tuviese que tocar trabajar en un lugar de la estrechez mental del SAID. ¿Qué tipo de vida iba a llevar? Su período laboral es quinze días seguidos en SAID, que luego se premian con diez de vacaciones de nuevo en El Cairo. Ese tipo de distribución espacial dice mucho de la consideración sobre SAID por parte de los cairotas, al igual que su estupefacción, como la de muchos otros, al enterarse de que yo trabajó en SAID. Si para un egipcio no SAIDI es un suplició una idea tal... ¿cómo no lo va a ser para un europeo? Realmente yo no lo vivo así, me va muy bien un período al mes de tanta calma y desconexión del mundo... pero ¿y si tuviese que vivir fija aquí, por tres años, como mi predecesora? Creo que la cosa cambiaría.

Jessica, esa santa que sobrevivió aquí por tanto tiempo cambó muchísimo en su manera de pensar, actuar, comportarse... estuvo incluso prometida con un egipcio del SAID! Por suerte, hacia el final de su estancia se dio cuenta de que estaba siendo absorbida por esta comunidad tradicionalmente cerrada y poco flexible y abandono el velo y vestidos extremadaente tapados. Ella afirmaba, de todas maneras, que manga tres cuartos era impensable en un lugar como este. Pero hoy me han hecho notar que Reham, musulmana sin velo, hoy llevaba camiseta corta... ciertamente quizás el verano no sea tan terrible como he empezado a temer. Desde anteayer, en el Cairo ya hacia temperatura de verano, incluso por la noche: salí con una camisa de lino y sentí que era una noche estival como una cualquiera de mi infancia en Coma-ruga. Todos amenazan que esto no es nada... y yo que me moría por que llegase el buen tiempo... ha llegado, ya en marzo; el único problema es que durará solo un mes... ¡después será insoportable! Sobretodo porque no pienso depilarme el vello de los brazos: es condición indispensable, si vas a ser tan descarada como para llevar camiseta corta o tres cuartos (ni pensar tirantes, claro), que te depiles los brazos. La mezcla que hacen entre depilación e higiene te obliga en cierta manera a esta práctica, porque si se ven ciertos pelos... eres una marrana. Imaginád, lo contraria que he sido siempre yo a la depilación, considerada por mi una imposición machista y injusta... y aquí, ya he empezado a algo que siempre me había negado, las cejas... ¿serán los brazos el próximo paso? Jessica, obviamente también cambió en eso. De hecho, yo me había hasta llegado a quitar los piercings (lengua y nariz) cada día al salir de la calle, pero ya no lo hago... es tan fina la línea que separa el respeto hacia una comunidad y su cultura y la del individuo... sobretodo cuando el concepto de individuo es tan poco relevante en esa comunidad.

08 marzo 2006


Hoy he recibido mi primer regalo de 25 cumpleaños. Los compañeros de la oficina, resignados porque no pueda celebrarlo con ellos aquí, me han adelantado el regalo: ¡un peluche rosa! Con una targeta magnifica... la palabra dulce y acaramelante es cosa de egipcios, está claro. Mencionar que aún no he notado nada especial por estar acercandose una fecha tan temida.